Pargo, o la irrupción de la verdad

waddysEl pretexto de la crítica

Estamos signados por las fábulas, los cuentos, las leyendas, las normas, los esquemas y la verdad. Por el otro lado, queremos liberarnos, deseamos fervientemente creerle a la apertura infinita de la obra de arte, a la polisemia y a las alternativas. Somos sinceros, somos tolerantes, abiertos, oímos todas las voces, detectamos con percepción alérgica los discursos que marginan, que intentan instaurarse como únicos. Hacemos denodados esfuerzos por entender, por comprender, e intentamos no apresurarnos frente a cualquier expresión cultural que no nos guste “a priori”. Preferimos acusarnos de etnocéntricos, de mal informados, antes de emitir un juicio injusto. Aplicamos a rajatabla eso de: “Usted es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. Lo mismo sucede cuando irrumpe la certeza, la calidad indiscutible, un aspecto que puede considerarse veraz, cierto y, al menos para nuestro criterio, indiscutiblemente sublime; nos frenamos, nos aguantamos el entusiasmo y mientras nuestro corazón sueña con los destellos de divinidad que saltaron del escenario, el cuadro o la imagen callejera, muestra razón busca en citas, fuentes, filósofos y sabios para justificar el enamoramiento. Occidente nos puso entre un verso y otro, encabalgados, disgregados entre el poema del Popol Vuh, la poética de Aristóteles y la fuerza incontenible de algún tambor sincrético.

Pargo, los pecados permitidos, el casi unipersonal, del dominicano Waddys Jáquez, me depositó en la segunda categoría, o sea, amor a primera vista y certeza de perfección en varios niveles. Este texto no es más que un intento por darle razón a mis intuiciones, palabras a mis pensamientos y metáforas para continuar con la creación, para no clausurarla, para no traicionar el sagrado principio de la tolerancia. Este montaje abrió la Temporada de Teatro de Santo Domingo 2001-2002 y fue, sin duda, con el pie derecho. Mejor sería decir: con los pies derechos de los cuatro personajes que caracteriza, en una sola noche y de una vez, Waddys Jáquez. Ellos son María Cuchívida, Pasión Contreras, Zaza (la reina sempiterna) y Papichío Domínguez. Todos, sin excepción, pacientes en recuperación del Dr. Betances. Almas desesperadas, despojos humanos, ilusiones frustradas y confesiones sin redención. Ellos concurren a Pargo, patronato de recuperación global, y a su vez han pagado o cobrado un Pargo, servicio sexual. Pargo es la síntesis lingüística de la ambigüedad, de la contradicción, del dolor, del querer y no poder. Podría decir que prácticamente toda la puesta se apoya en las apariencias, en las transformaciones, en los valores múltiples de los objetos y de las pasiones.. Una suerte de transexualismo conceptual. Un hombre caracteriza a una mujer-niña, luego se transforma en otro hombre que a su vez es un chulo, que luego deviene reina para terminar en travesti. Las cosas se resignifican en manos del actor, los telones son vestidos, el cuerpo un instrumento, la risa dolor, las lágrimas agua y la muerte en medio de esta vida de mierda, como diría Pasión Contreras, una redundancia.

Sin el trabajo extraordinario y el talento de Waddys Jáquez, nada de esta reversibilidad sería posible. Desde el texto, la dirección y hasta la actuación recaen sobre sus hombros, y vaya si lleva bien ese peso. El texto cuida no sólo el contenido, sino también la forma. Cada monólogo tiene su peso poético, su carga mundana y su descarga vulgar. Las historias que presenciamos son terriblemente veraces, somos público y somos pacientes. La dirección tiene el rigor del ojo objetivo, del que ve de afuera, del que acierta. Y, qué decir de la actuación, el trabajo corporal trasciende al actor y al bailarín, es el de un acróbata con alma de relojero suizo: perfecto. Es un trabajo sólido a nivel escénico y muy arriesgado en su contenido. Una metáfora dolorosa de la realidad, un compromiso social y estético que, en definitiva, es lo mismo. Un artista no cumple un deber social sólo por tocar ciertos temas, sino que completa su compromiso con la calidad de sus propuestas. El arte no sólo enseña verdades, sino que tiene un deber con la “belleza”, cualquiera sea la poética que la defina. Si obviamos ese deber, puede ser que crezcan desmedidamente las conciencias, las carcajadas o las lágrimas, pero el espíritu y la sensibilidad se empequeñecerán.

En este delicado equilibrio se encuentra la verdad del hijo pródigo del teatro dominicano, que irrumpe con la precisión de la palabra, el virtuosismo del cuerpo, el colorido de la imagen, la fuerza afectiva de la música y lo desgarrador y comprometido del tema: la voz de las escorias; de los enfermos de SIDA, de las putas, de los arruinados, de los exilados del mundo, de las espaldas mojadas de Dios, que también fueron expulsados del amor. El extraño terreno de la verdad, en este caso, llegó al éxito: Pargo se presentó durante un mes a sala llena y debieron darse funciones extras. El público respondió, soportó las historias, disfrutó de ese encanto que destila Waddys entre el show bussines, el circo, el café teatro y el manejo de la energía, que va desde el equilibrio, desequilibrio y proyección. Aplaudió la audacia. Los medios apoyaron, fueron, vieron, dijeron, comentaron e invitaron. Se sabe que a muchos los movió el morbo, pues no existe una tradición de este tipo de teatro en el país, pero como sea, nadie dejó de decir a su manera: “que joven tan talentoso.”

El pre-texto del autor, director y actor

Waddys comenzó a transitar por las sendas de este mundo hace ya más de diez años. Un día se fue a Yucatán, México y desde entonces sigue en viaje, en búsqueda del horizonte que —sin duda— se extiende más allá de los contornos soleados de su Media Isla. Por las calles se fue encontrando a sus personajes, la mayoría de ellos paisanos. Sin embargo, antes de partir, comenzó con los grupos callejeros de las iglesias que llevan vírgenes y santos a cuesta, estudió en la Escuela de Arte Dramático de Santo Domingo, tomó cursos con Manuel Chapuseaux y Nives Santana del Teatro Gayumba, trabajó a los trece años con el circo Los Muchachos y ofreció funciones para niños con Mariluz Acosta, con quien volvería a encontrarse años más tarde en Nueva York y fundarían el Teatro Deltrapo, responsable de Pargo. A Mérida se fue con un contrato para cantar y bailar. En la tierra de Manzanero vio gente correr mientras llovía y se apuntó en clases de danza jazz y teatro. De ahí se fue a Bélgica, donde todo lo observó y lo anotó. El próximo destino (casi obligado) fue Ámsterdam, con sus vidrieras, sus canales, la posibilidad de posar para los estudiantes de artes plásticas y de tomar lecciones de baile y expresión corporal. Decide, igual que María Cuchívida, dejar Holanda y volar hacia Nueva York con una visa de tránsito, que lo mantuvo cuatro años ilegal en la Gran Manzana de la tentación. El teatro La Mama, Broadway Dance Center, Anthunes Filho, el Tai Chi Chuan y la Capoeira colocan su cuerpo y su mente en los carriles estéticos que lo rigen actualmente. Aprende a manejar la energía, a proyectarla, a equilibrar, a desequilibrar, a dominar el instrumento fundamental para decir dramáticamente. El debut es con el Teatro Deltrapo en el Festival del Monólogo de Nueva York, donde Waddys dirige a Mariluz Acosta en Luciérnaga, última función.

Este trabajo sería en cierta forma, el génesis de Yerbamala, pieza con la que se presenta en Santo Domingo. Básicamente, son dos monólogos conectados por la historia: muere un travesti y ameniza su propio velatorio, mientras que su amiga se queda atrapada en el cabaret entre las caricias y los golpes del chulo.

Una vez de regreso (a estas alturas, ¿qué será regresar?) la soledad lo lleva a caminar por lo que fue la calle 42 y se da cuenta de que esa gente (homeless y drag queens) no son ajenas, no son personajes de películas americanas: son latinos, son gente nuestra. Por otro lado, entre bromas y juegos teatrales, su amigo Roy Arias dice: “Quisiera que alguien escribiera la historia de un inmigrante cubano.” Así nace Papichío Domínguez, primer paciente del Programa de Recuperación Global, que cambia de nacionalidad antes de ver un escenario: es dominicano, llega en un furgón a los países. Escribe un texto de cuarenta y cinco páginas. La próxima estrella es Pasión Contreras, quien desde sus inicios es una transexual puertorriqueña, inspirada en personajes reales con quienes Waddys comparte y estudia. Así, el gran circo del detrimento encuentra su sitio, en una de esas instituciones donde poco importa la cura, sino que son clientes (nótese que en inglés no existe la palabra “paciente”, sino clients). Luego nace Zaza, la puta y reina del patronato y por último, el primer personaje en aparecer: María Cuchívida. Cada uno tiene su desgracia y su actualidad, su karma trágico y su glamour exhibicionista, su destino sellado por la absoluta imposibilidad de volver a cualquier sitio originario, a cualquier ilusión de seguridad y afecto.

El autor escribe como actor y el actor funciona como director. Waddys Jáquez caracteriza a los tres y actúa a los cuatro personajes. Ante todo, la memoria fotográfica almacena, anota en el papel lo visto y oído. Cada personaje encuentra su voz y, luego de crear una serie de acciones físicas, se describe como es, no como dice que es. El actor se mete en el submundo de esos seres y el director superpone el texto a esa construcción física, una vez que existe, cuando ya tiene su propio lenguaje, para caminar, mirar, decir, reír, sufrir, en fin: vivir. Cada uno tiene su dificultad, sus elementos característicos, su cuerpo cotidiano, extra cotidiano y virtuoso. Mariacuchívida es la homeless, la crakera que arrastra el carrito de supermercado con sus trapos para cubrirse, sus latas para sentarse. Todos estos objetos cobran valor teatral: las latas, la mata de guayaba donde se subía a mirar a sus hermanos partir, los trapos vestidos. Papichío surge vestido en un amarillo canario rabioso y en satín. Es un tíguere bacano de los sesenta, lleva sombrero y un paraguas. A partir de ambos se edifican las acciones físicas de este guapo que tiene la música por dentro, su cuerpo es el instrumento de percusión, su relato está en clave de guaguancó. Zaza es enorme, sus protuberancias le dan sentido, es la reina que nadie quiere ver, es grotesca, pero a la que todos los hombres desean meterle mano. No tiene elementos externos, pero las plataformas enormes, la melena y el volumen son la base de este edificio que juega permanentemente con la pérdida del equilibrio. Es el cuerpo por el cuerpo en sí mismo y crea imágenes sin objetos. Y por último, Pasión Contreras, ex-Ramón, la que no trajeron de ningún lado, sino que nació en el Harlem Latino, no controla su cuerpo, la energía se disgrega, no se puede proyectar, tiene espasmos pero no explota, sólo su discurso la traiciona, pues quiere agradar a los otros y, finalmente, dice lo que quiere.

Pero nadie está sólo en esta terapia, hay más almas acabadas. Como en todo show, hay un anfitrión, en este caso Olga Bucarelli, la señora del busto prominente, la alcahueta del Dr. Betances, una ex-alcohólica y única sobreviviente de una yola que naufragó rumbo a Puerto Rico. Ella es la encargada de presentar a los que inútilmente continúan haciendo confesiones catárticas que nos lo redimen de nada. Entre los protagonistas se cuelan José la Rosa, Juancito Rodríguez, y el Niño, Juan Francisco López. El primero nació marica, no lo eligió por rebeldía o trasgresión, y desde sus días de campesino sueña con ser un ave. La vida lo alejó de su amante, un moreno de Villa Mella a quien conoció en el baño de la Universidad Autónoma, y lo llevó a los muelles de Nueva York donde cogió el sida. Ahora baila la muerte del cisne, pues cada día puede ser el último. El niño, es un virtuoso del piano que entretiene a la audiencia, y una sobredosis lo dejó vacío. Es un instrumento del Patronato, limpia, recoge y hace mandados.

Más allá del texto

Pargo, los pecados permitidos, es sin duda una verdad que irrumpe en este panorama teatral de aquí, de allá y de todas partes. Es la voz de Waddys Jáquez, un dominicano con sus particularidades, recogiendo la voz de los que casi la han perdido. Es una construcción del espectáculo, con sus íconos definidos y con una técnica bien aprendida y creativamente aplicada. Es una respuesta cultural que dialoga no sólo con su contexto, sino con otras propuestas ya paradigmáticas, como la de Almodóvar, con su humanización del travesti, y la del teatro clásico, con su juego semiótico de hombres que caracterizan a mujeres que se disfrazan de hombres. Es una versión de esta migración latina en búsqueda constante de los sueños o escapando de ellos. Es mucho más de lo que se pueda decir: es la máscara en la que, al decir de Baudrillard, se encuentra la esencia del rostro.

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Published in: on 22 diciembre 2008 at 1:22 am  Dejar un comentario  
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