Casi a tiempo

isabel garcia claustrofobia

Cuando creyó estar a salvo, justo un piso antes de llegar a su destino: el  maravilloso número 24 que se marcaba en el tablero del elevador, distinguiéndose con un rojizo lumínico del resto de los números; fue que sintió todo el sin sentido debajo de sus pies y un súbito ataque de pánico la dejo paralizada dentro de lo que sería su ataúd mientras estuviese viva.

En mucho menos tiempo, que el que se tomó para confiar en la razón o al menos confiar en la ilusión de la razón, perdió el relleno de su alma y la certera seguridad de su pensamiento. Se volvió una mierda sin conflicto existencial, ni trauma, ni esperanza ideológica. Fue una mujer hueca, pero aterrada.

Justo antes de llegar al refugio, al último piso de la torre, quedó atrapada, sin otra posibilidad que esperar responsablemente el deseo ajeno de moverla, de hacerle el inmenso favor de rescatarla.

No, no era la bella durmiente, era la bella perversa atrapada en el ascensor de su euforia, de su seguridad, de su confianza en la verdad o al menos en la ilusión de la verdad. Era ella misma vaciada de sí y sin ojos y sin oídos y sin otro remedio que dejarse vencer por el letargo insoportable de seguir existiendo justo en la puerta del refugio.