la literatura masculina: una tradición mutilada

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Título: La cabeza
Autor: Pedro Cabiya
Editorial: Isla Negra
Edición: 2007

La cabeza de Cabiya (nótese que importante es el uso de la itálica o cursiva, la confusión podría formar parte de algunas Historias atroces; ya que si no se entiende que me refiero a su novela todo lo que diría a continuación parecería una descripción valorativa de la cabeza del autor, la cual adquiriría dimensiones dignas de formar parte de Historias tremendas) es una novela corta, súper corta, que se puso a circular la semana anterior al diluvio, en la librería Cuesta.

La cabeza rodó y llegó a mis manos y de mis manos a mis ojos y de mis ojos a mi cabeza y allí generó ideas, que se transformaron en sensaciones producto de la asociación libre, que es para mí el ejercicio responsable de la lectura. Y se me ocurrió este comentario que no es una crítica, ni una reseña, es sólo un acto de lectura que por alguna razón a los que me pidieron que escribiera estas líneas creen que mi lectura puede aportar algo.

Leer a Cabiya en casi todos sus textos y en este en particular es comprender la tragedia del hombre y eso siempre conmueve. Cuando digo hombre, digo hombre, no personas, no seres humanos. Conmueve, porque adentrarse en la tragedia del otro, de ese otro que se desea y se detesta, de ese otro que ha detentado el poder, de ese otro que también sufre aunque no llore, ni recuerde las fechas de los aniversarios y visite los burdeles: conmueve (es importante destacar que soy mujer y leo como tal).

Sin embargo la conmoción no es suficiente, luego sobreviene la reflexión, la pulsión hermenéutica del sentido a través de lo dicho y lo no dicho. La cabeza es una novela emblemática porque recoge una situación arquetípica y contemporánea. Arquetípica porque la podemos rastrear en la tradición y contemporánea porque encontramos lo que encontré en La cabeza en otros textos de enunciadores con características similares a las de Cabiya: hombres entre los treinta y los cincuenta con oficio de escribir bien.

El título de este pequeño comentario es, y no lo he olvidado, La literatura masculina: una tradición mutilada y la razón de ser de tan ambiciosa nominación es la siguiente: antes de la fragmentación simbólica del poder (por que real todavía no ha sido) la Literatura, con mayúsculas, era masculina y no sólo porque la escribieran hombres, sino porque ellos detentaban el poder. Hablo del Canon de Bloom, de Shakespeare, Safo y Cervantes, donde todo cabía, incluso la sensibilidad ante la tragedia.

Y qué pasó después cuando el hombre y el género humano no fueron sinónimos, se produjo la mutilación de la cabeza y cada parte se convirtió en cabeza. Unos dicen que fue culpa de la posmodernidad, otros dicen que los filósofos de la postmodernidad sólo describieron el suceso, haya sido como haya sido, lo cierto es que tenemos todo tipo de literatura con minúscula: femenina, gay, latina, negra, indígena, etcétera. Los conservadores rebeldes dicen que la buena literatura (no sé si mayúscula o minúscula) va más allá de los subtítulos. En algo coincido con ellos, un texto está o no está escrito bien, pero no podemos negar que esa categoría de bien está directamente relacionada con el subtítulo.

Tanto se mutiló la Literatura que antes era masculina, que ahora también tenemos una literatura masculina como la de Cabiya. Y en La cabeza el discurso falocéntrico alcanza su grado máximo de castración. Cabiya escribe desde ser quien es (un hombre) no pretende asumir la voz del género humano, mutila el cuerpo femenino que es una metáfora de la propia escritura universal y se asume mutilado, dejando oír su propia voz, no La voz.

La cabeza de Cabiya (insisto en no olvidar la itálica) enfrenta al hombre con su naturaleza de disociación, entre el amor y el deseo, entre el deber y el placer. Y además asume un discurso casi científico para expresar una tragedia, la cual se vuelve doblemente trágica. Imaginen, expresar el dolor con el discurso de la ciencia.

Pero Cabiya no está solo y ni sacó de la nada la figura arquetípica del hombre fragmentado y fragmentador. Recordemos a Barba Azul, a Jack el destripador, al doctor Frankenstein, a Salomé, a Judith, a tantos mutilados y mutiladores de la ficción. Recordemos a esos, que los reales nos causan demasiado dolor.

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Published in: on 15 diciembre 2008 at 5:12 pm  Dejar un comentario  
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