Descarga con sordina

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“No sé para que volviste

si yo empezaba a olvidar”

Entonces,
cada vez que vuelve el dolor en el costado
me digo que nunca más hablaré de la patria
y se que no soy yo quien lo dice
sino
Leopoldo Marechal.
Pero la patria vuelve
como un dolor intenso
en el costado derecho
como un ardor
como una indigestión
de amargura y ácido sulfúrico
como una puñalada certera
en el centro de la espalda
como un calambre en la pierna
como un insomnio intermitente
como una navidad en el extranjero
como un fin de año frente al Atlántico
pero a miles de leguas marinas
de la patria.

Entonces,
cuando este cuaderno de la Fundación Chile
parece reposar vacío entre el espejo y la ropa interior
irrumpe
el dolor
la hinchazón
la lejana imagen de la patria
que no es Chile
pero queda cerca.
Y no puedo mitigar la puntada constante.
Y Marechal se tira la río a buscar
los pedazos de Adán Buenosayres.
Y Cortazar sigue jugando a la rayuela
en una conferencia a la que me invita la embajada
luego de más de veinte años de ausencia sin escalas.
Y duele, duele la patria
no porque lo digan las películas de Netflix
donde un centenar de porteños sin analista
desnudan sus inconscientes
para que todo un continente crea
que son franceses.
Duele la patria no
porque en los documentales de youtube
los intelectuales de siempre expliquen
el golpe
la matanza de Ezeiza
y den las recetas de los gualichos de López Rega.
Duele la patria porque sí
porque duele
porque a todo el que tiene una patria le duele
es un dolor inevitable como el de parir
pero se sabe que ya casi nadie pare.

Entonces,
cuando el dolor de turno parece ser
el de otra patria
el de esta segunda patria
que deja sin patria
a los que no tienen otra
y todos opinan
y todos explican el derecho y el revés
de las falsas repatriaciones
en camiones repletos de espíritus
que buscan cuerpos para habitar
por órdenes de los
que mandan
que siempre mandaron
que seguirán mandando
y solo por eso
inventaron las patrias
patrias como esta
o como la que mandó a confeccionar este cuaderno
en el que escribo
y casi el dolor desaparece
porque llega la mañana
porque se descorre el velo de la ilusión patriótica
y triunfa el budismo light
que le permite a occidente apacentar vientos
sentado en su vanidad cíclica
presa del tiempo mítico
en el que vuelve la patria
a doler pero con otros síntomas.
Una patria que toca el timbre
llama al celular
que aparece
con aspecto de ternura
con aires de familia
con la ventaja competitiva del afecto.
La patria de toda esa gente
que vive en la patria más lejana
en la patria de la infancia
que no pudo ser por la urgencia
de liberar a la patria
y se tragó a los padres
asesinó a los hermanos
y dispersó a los hijos de Fierro
y a los que como yo
cargamos el dolor de estar vivos
en otro patria.
Vivos
y con un intenso dolor en el costado
ese dolor que solo la patria es capaz de causar
cuando en el balcón de mi apartamento
en esta otra patria donde vivo
con mi familia a la que también le duele
su patria
escucho el clamor que imagino
de los que están allá abajo
lejos, muy lejos del centro de la patria
pero cerca muy cerca
de la tumba de mi viejo
de la ausencia de mi madre
de los nueve tiros que entraron en la espalda de mi hermano.
Esa gente imaginada que destila su rencor
en cada bocanada de marihuna doméstica
especialmente legalizada
para aletargar a la patria
para acunar a la patria
con el vaivén de una masturbación perpetua
donde el único horizonte es la meseta patagónica
una meseta soberbia, enorme y solitaria
donde habita el Pillán
que es lo mismo que el olvido
pero no el simpático olvido de Sabina
sino un olvido de loncomeo a capella
porque ya ni las trutucas suenan.

Entonces,
cuando las maletas están listas
para visitar la patria
comienza el dolor en el costado
como una puñalada certera en el medio del recuerdo
y me digo que para qué volver a la patria
si es ella la que vuelve.

23 de diciembre de 2013
Santo Domingo en la fucking madrugada

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Published in: on 7 enero 2014 at 11:39 am  Dejar un comentario  
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Bachata, tango, tiempo, nada

Ya no sé casi nada. Tampoco sé, si queda algo o si veinte años no es nada como decía Gardel o como sigue diciendo desde atrás del mueble con su eterna cara de foto. Veinte años es mucho, sobre todo si hace veinte años que una dejó la patria y hace exactamente los mismos veinte años que el padre de esa misma una se pegó un tiro con orificio de entrada en el paladar y sin orificio de salida. Veinte años van pasando, uno sobre otro, uno atrás de otro, lejos tan lejos que una cree que no pasan, que la ausencia de estaciones detiene el paso del tiempo. Porque veinte años en Comallo son veinte nevadas, veinte soles desérticos, veinte primaveras radiantes y veinte otoños de puro viento. Pero no, entre todas las cosas que no sé, están también escondidas aquellas que no dejan de dolerme, que se acumulen en veinte abriles, que como dice otro tanto, no volverán. En veinte mayos que no terminan de diluirse en la esencia salada de las lágrimas, en veinte aniversarios que se empeñan en aparecerse cuando una menos se los imagina, en veinte años de ausencia de padre y de patria. Pero lo más doloroso del asunto, lo que más jode, es que después de veinte años, como dice la bachata de ti no queda nada, nada de nada. Y cuando se dice nada, se siente nada, ya no queda ni el recuerdo. Solo resta imaginar y eso duele, eso duele mucho más. Veinte años no es nada y ni tan siquiera se puede seguir viviendo aferrada a un recuerdo, porque después de veinte años hasta los recuerdos se vuelven nada y eso, eso duele mucho más que la verdad.

Published in: on 16 septiembre 2011 at 7:02 am  Comments (4)  
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En estos tiempos, en estos días

A juzgar por los arranques existenciales que habitan este blog, los mese de verano son peores. Sin duda, la presión atmosférica, esos centros de baja presión que atraen huracanes hacen hoyos en mi cabeza, hoyos gigantescos del tamaño de cráteres lunares sin descubrir. Caigo en esos hoyos y todo es vacío, pero no esa vacuidad de los anuncios publicitarios, esa vacuidad con nalgas firmes y sonrisa colgate. No, una vacuidad, vacía, triste, gris, con cansancio en los huesos y frío en las raíces de los cabellos. Una vacuidad, un inexistir con la obligación de sonreír, preparar cena, biberones y bizcochos para los cumpleaños del mes.  Así es el verano caribeño, es fatal, es un hoyo inmenso de baja presión que se apodera de las cabezas y las deja vacías.

Ahora bien, en estos días también hay tiempos, tiempos de hombres huecos, cabezas huecas y bancos sin dinero. Y no todos sufren los embates de la presión atmosférica, vale decir, no puede un hoyo vaciar aquello que no está lleno. No todas las existencias se inexisten en estos meses de verano huracanado, no gracias a Dios que no. Somos solo algunos los que aun no hemos mutado, los especímenes obsoletos que no entran en la evolución tecnológica de la especie. Somos los que decimos idioteces semejantes como sentido último, razón, pensamiento, orden y dignidad. Somos unos pobres diablos que hemos quedado olvidados por el solo hecho de tener el mal gusto de recordar. A nosotros se nos vacía la cabeza en los meses de verano caribeño.

El vacío absoluto pertenece a aquello que siempre estuvo vacío  y por lo tanto, carece de padecer. Convengamos que el vacío es fatal, si es vacío de algo,  porque se siente la ausencia.  Y a esta segunda categoría pertenece el vacío de mi cabeza, un vacío que comienza en la presión atmosférica, se instala como un cráter lunar  y se propaga a todo mis ser, tanto físico como existencial. Un vacío que necesita recordar quién fui, de dónde vengo, a qué no renunciar y qué cosas jamás haría. Un vacío que me saca lágrimas, que me agota, que me anuncia que ya me quedé atrás, que ya somos pocos los de esta clase de gente con algo que vaciar, cada vez menos, que ya todos han muerto o se han mudado o se quedaron en el pueblo del que me fui hace siglos buscando aliviar tanta completud, tanta historia, tanta tristeza, tanto recuerdo perpetuo del horror.

Heme aquí en estos tiempos, en estos días en los que aun hay posibilidades de claudicar porque todavía queda algo que ofrecerle al vacío: una nalga o un abdomen para el gimnasio, una cabellera para la peluquería, un riñón para hipotecar, hijas que idiotizar, verborragia para alquilar, una patria para traicionar, un territorio para alquilar. En estos tiempos, en estos días todavía se puede tomar el prozac que te libere del cráter lunar que se te instala en la cabeza, que  succiona lo que te queda y eso es lo que duele, lo que queda, el remanente de la conciencia que se agazapa con más fuerza en los meses de verano caribeño cuando la presión atmosférica hace estragos. Después llega la brisa de diciembre y la melancolía se instala en el pecho como un pájaro fugaz y persistente.

¿Qué jode más, saber que aún nos queda tiempo para vaciarnos y sentir la incertidumbre de la conciencia  o sospechar que ya a nadie le interesa tentarnos para que aumentemos sus filas de vacíos?  En estos días en estos, tiempos ya no estamos invitados a ninguna fiesta, no tenemos nada para ofrecerle al vacío, no tenemos precio y eso y ser despreciables es casi lo mismo.

Published in: on 29 agosto 2011 at 5:31 am  Dejar un comentario  
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Huellas como trampas

estatuas-de-sal 

Es sabido
-por todos –
que nuestras huellas
quedaron petrificadas
sobre la sal de las lágrimas.

 

Hemos transitados
por el crimen perfecto
de nuestros padres
y el asesinato ritual
del único hermano varón
que nos dio la tierra.

 

Sabemos vivir
entre el holocausto
y la desaparición de personas
de manera ilegal.

 

Y digo:
nunca más perderé la conciencia
del dolor
no voy a olvidar nada de esa tierra gris
llena de distancias intransitables
en invierno
y en verano.

 

Abril 2006

Published in: on 30 julio 2009 at 9:28 am  Dejar un comentario  
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Para qué engañarnos

olvido 2

Siempre supimos
que escribíamos para nadie
y la verdad es que
ni nos importa
ni nos duele.

Siempre supimos
que nos tocaba habitar
en esa dolorosa parte de la memoria
que se fragmenta en entropías varias:
esa parte de la memoria
que se parece demasiado al olvido.

Julio 2009

 

Published in: on 27 julio 2009 at 11:31 am  Dejar un comentario  
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