Cuatro viajeras, una sola actriz

viajeras07_300Dicen, se dice y te lo dicen: “lo que cuenta es la intención”. Y todos, absolutamente todos, sabemos o percibimos que siempre hay cierta condescendencia detrás de la frase y, valga la redundancia, detrás de la intención de quienes nos la dicen. Entonces, apelando a la más absoluta crudeza, que se merece el trabajo de María Isabel Bosch y Jorge Merzari, creo que la intención es una excusa (muy loable por cierto) para sorprendernos y emocionarnos con una excelente puesta en escena de teatro unipersonal. Es tan así, que toda la parafernalia ideológica que ha rodeado a la obra, se diluye, gracias a Dios, cuando nos sentamos a sufrir con estas cuatro viajeras despojadas de todo, excepto de la maldición de su sexo estereotipado. Y digo, y con toda intención: el primer compromiso del artista es hacer su labor específica (actuar, dirigir, pintar, bailar, etc.), bien de manera profesional, con los parámetros estéticos a los que quiera adscribirse, pero con alguno, respetando al público y a sí mismo.

Pues sin duda, cualquiera que sea el mensaje que desea transmitir, lo hará de manera certera. Primero, educar en el arte, del resto se ocupan las conciencias, los libros de historia, las noticias y el arte mismo, aunque de manera sutil y subliminal. Las viajeras, sin duda, cree nacer de una necesidad social, a mí se me ocurre que brota de las entrañas de alguien que necesita subirse a un escenario y, en la tragedia de estas cuatro mujeres, encontró una voz. Y no lo contrario.

Entonces, vamos a lo nuestro: el teatro. La pieza se estructura claramente a través de la música, unos versos de González Tuñón, cuatro personajes, una actriz apenas cubierta por unas mallas del color de su piel y paños blancos que van cobrando diferentes funciones tanto metafóricas como de un vínculo referencial definido. Sucede todo en un escenario despojado, vacío, negro, abismal. Las voces anteceden la actuación. Intuimos la desgracia. Luego, y por espacio de tres minutos, la que vino a decir, no dice, se mueve, a través de las notas de una composición musical tan triste como un invierno polaco. No hay duda, quien iba a llorar, tiene las lágrimas en las mejillas. Y eso que estamos al final   de la obertura.

Cuatro son las viajeras: Yuberquis, Reytania, Inés y Elsa. Cuatro son los engaños. Una ciudad: Buenos Aires, Argentina o Algentina o Aigentina o Aguentina. Unos cuantos problemas: la prostitución, la estafa, la ignorancia y, lo más desgarrador, los sueños. Las historias, las de siempre, las de las estadísticas, las de los argumentos de películas, las de los informes de las onegés. La forma, el tratamiento, entre Stanislasvki y Barba. EI primero a la hora de construir los personajes, y el segundo en la concepción general de la pieza. EI resultado: un producto justo, editado, medido, poético, o sea, correctamente dirigido. EI detalle perfeccionista que acota la crítica: quizá se nota demasiado el corte, entre la interpretación naturalista y los elementos del tercer teatro. Le faltó quizá algo de síntesis, algo que algunos llaman estilo propio o personalidad. Sin duda esto se adquiere con el tiempo y la experiencia…, talento y seriedad sobran.

María Isabel Bosch florece en cada una de estas mujeres, en cada carta imaginaria a la otra, a la que se quedó. Explota, en las diferentes voces que salen desde el fondo de las cuerdas vocales perfectamente diferenciadas y rotundas. Se pierde y se deja seducir por la inocencia de los acentos. Anida en su cuerpo la desolación del frío, la distancia y el hambre. Se enreda en los mantos blancos para salir transmutada en otra, que es la misma. Encuentra el cansancio y la resignación en los versos de Tuñón, que repite y repite. Se pierde en la misma oscuridad de la que emergió para encontrarnos, para acercarnos a las vías de un tren que mata aquí o allá. A un tren que transporta la dulzura de esas esperanzas que acaban por aniquilar a cualquiera, en cualquier parte. Un tren con melodías conocidas. Un tren que no se detiene. Dicen, se dice, me lo han dicho, que la obra de arte contemporánea es abierta, polisémica, que en cada receptor genera diferentes respuestas y que esas respuestas son parte misma de la obra. La señora que se sentó a mi lado sufría. A cada rato comentaba: “Esto si es grande”. Las jóvenes de atrás, repetían los versos de la mosca aplastada. Unos muchachones de más atrás aprovecharon la oscuridad para vocear, quizá el tema los puso nerviosos, quizá la remesa que reciben en la casa provenga de alguna hermana…

A mí, particularmente, me puso a imaginar a unas cuantas Altagracias que conozco bien, vagando por las calles de un Buenos Aires que conozco, también, bien, y temblé. Pero no me conmoví por la idea, sino porque Las Viajeras es teatro. El resto, son buenas intenciones.

Publicado originalmente en la sección “DESDE LA PLATEA”, del suplemento dominical “Ventana” del periódico Listín Diario, Santo Domingo, República Dominicana, el 24 de marzo de 2002, p. 6

Published in: on 5 enero 2009 at 3:58 pm  Dejar un comentario  
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