El dolor de ya no ser

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En una noche perfumada de jazmines no se puede escribir, solo resta embriagarse de aromas y abrir las piernas, los ángeles no se pueden resistir.

Berlín es una ciudad de ángeles, ángeles que dejan de ser ángeles y se enamoran de las mujeres que viven cerca de la gran sinagoga y los viernes amasan pan trenzado para el shabbat. Mujeres que ya ni se asustaron la noche de los cristales rotos. Mujeres que saben explicar las cosas en inglés y en ydish, mujeres que fueron actrices de Bretch y recorrieron la calle toda la noche. Mujeres que se murieron en cualquier campo de concentración semanas antes de terminar la guerra.

 En la Patagonia no hay ángeles, el viento feroz no les permite sobrevolar la región y menos aún aterrizar. Sí hay mujeres, muchas, alejadas de todo y conocen de soledad y frío y miedo de abrir la puerta y temor de sonreír y con vergüenza de decir que no conocen  el mar y las caricias y los cuerpos y que siempre hay que estar emponchado y nada, ni ángeles, ni mujeres enamoradas. La Patagonia es  un lugar parecido al fin del mundo, es el sur del universo y por algún lugar se escapan las almas que todavía necesitan completar el viaje de búsqueda, de comunión con el sol.

 Los ángeles llegan a Berlín a enamorar mujeres que prenden las velas del shabbat, pero son tan perfectos que cualquiera juraría que son seductores profesionales.

 Acá estamos y no hubiese querido comenzar con esta obviedad exquisita del acá que se quiere tan acá que se vuelve ahora, se confunde todo con el mero placer de existir, así en medio de una geografía y un paisaje que se hace plano y gris y pedregoso con impresionantes pedazos de verde con canales de riego y montañas recortadas de manera exacta contra el color negro y azul de esta extraña sensación de familiaridad como Viedma o quizá hasta Comallo o Bariloche. Me voy yendo en tanto suceder y quiero creer que se puede pegar el alma con el cuerpo,  pero no, no se puede.

 La noche huele a jazmines, a Berlín, a  Patagonia, a mi pueblo, a sudor de ángel, a lágrimas de mujer y las tinieblas se escurren tras las puertas como aquella noche que salimos de Egipto hacia la libertad. Algún día llegaré al sitio exacto, por ahora solamente busco las aceras con sombra, yo no tengo ángel de la guarda. Me duele demasiado no ser.

Abril 2006

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Published in: on 30 julio 2009 at 9:02 am  Dejar un comentario  
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