Boquitas pintadas en el laberinto de la mujer araña


Critica a la obra “Pintada de rojo” que se presenta por última vez esta noche a las 8:30, en la Sala Ravelo del Teatro Nacional.

En algo me rebotó el pensamiento, en algo sólido y doloroso, tan genial y aterrador como las obras de Manuel Puig, ambas congeladas en la pantalla grande. En “Boquitas pintadas” el tema es la prostitución y sus menudencias, en “EI beso de la mujer arana” es el encierro, la fantasía de escapar las corrupciones, represiones, transgresiones sexuales y sus miserias discriminadas. Sin duda, en algún recoveco se perdió mi mente, mientras evoco la pieza teatral de la venezolana Jacqueline Briceño, “Labiales de rojo”, rebautizada: “Pintadas de rojo” por Elvira Taveras, directora del montaje que se presenta en la sala Ravelo. Isabel Spencer y Olga Bucarelli se perdieron por el callejón oscuro que implica, sin duda, la caracterización de estos dos personajes virados al rojo sangre: la jueza y la “cuero”.

La historia que nos revelan estas dos mujeres a través de sus diálogos y sus cuerpos es conocida, veraz y, hasta sencilla, en términos de trama: Isabel Spencer es la novia de los estudiantes, la madre de la hija del italiano dueño de la barra y la protegida de algún chulo que le pega. Olga Bucarelli fue la novia de los profesores que le dictaban los exámenes, es la jueza de la televisión, la empleada de un diputado pederasta y será el cadáver soñado por algunos sicarios. Sin embargo, el encierro en el baño de la barra hará las suyas, un baño diseñado por Mónica Ferreras, con pared de zinc que devuelven un ref1ejo distorsionado de los deseos de las protagonistas, deseos que vuelven con la forma más cínica de la realidad: el destino.

La desgracia personal se convierte en tragedia social. La prostituta, que no puede escaparse de su melodrama, sueña con salvar a su hija. La jueza, que se esconde de la muerte la encuentra en el escondite. En síntesis: en su afán por salirse del juego la pobrecita se convierte en asesina y la representante de la justicia, en el cuerpo del delito. Termina el cuento, pero antes se tejieron fantasías, se confesaron sus vidas, se emborracharon, se cambiaron de vestuario, una se fue convirtiendo en la otra y por supuesto se pintaron las bocas de un rojo fuerte e intenso.

Hasta aquí la propuesta literaria de la autora, vista a través de las actrices y la concepción de la directora. Hasta aquí un planteo profundo, desafiante y comprometido con lo contemporáneo, tanto en el contenido como en la forma. Hasta aquí un estreno mundial de un trabajo que tiene siete años de vida y que fue entregado a Elvira Taveras en Caracas de manos de la propia Jacqueline Briceño, luego de verla en su trabajo sobre Lorca. Ahora las acotaciones de la observadora crítica, sin dejar de admitir que todo lo antes mencionado no es en absoluto información objetiva, sino que esta tamizado por el aumento de mis lentes, que cada día es mayor. El texto en sí tiene algún problema al final, pues debe resolver el nudo sin salir del baño y sin agregar personajes, con lo cual acelera la fricción entre las mujeres. De alguna manera, el asesinato accidental de la Jueza es precipitado, algo torpe y hasta inverosímil. Lamentablemente esto tiene su correlato en la puesta, el momento más flojo se da cuando los dos personajes forcejean y esta nota desafinada, lleva consigo algo más y es la caída abrupta del final. Vale decir, que la carga trágica del final se minimiza, se diluye, a raíz de esta mala resolución del conflicto.

Las actuaciones son impecables. Isabel Spencer no deja de sorprender con su capacidad para crear personajes, con su ductilidad corporal, con su disciplina. Aunque debe cuidarse un poco de no caer en las garras del facilismo gracioso y sobre actuado que, sin duda, a veces viene al caso, quizás deba trabajar más la construcción de lo trágico y clavar con mayor certeza en el blanco, que es la psiquis de los espectadores. Creo, que es hora de que algún director vaya pensando en algún unipersonal para esta joven, nos lo merecemos. Olga Bucarelli, es una actriz experimentada y lo demuestra en este montaje. Nos presenta una mujer con poder: dura, solitaria y desdoblada. Desde su timbre de voz, hasta su postura son adecuados para esta jueza pelirroja y omnipotente.

Elvira Taveras construyó su poema escénico con sensibilidad y certeza. La música y el espacio funcionan agregando sentido, no ilustrando. El vestuario, el maquillaje y todos los anexos de las actrices tienen algo de escultórico, las asemejan a esos muñecos vivientes inmóviles que son, más allá de las palabras y los gestos. La iluminación tuvo sus bemoles, no solo algunos errores, sino que pudo haber hecho algún cambio más drástico al final. En fin, que felicidad produce ver actrices que se atreven a dirigir con tanta garra y aires renovados como Elvira Taveras, Carlota Carretero y María Castillo, si se me queda alguna lo siento.

“Quiero el beso de tus boquitas pintadas”, dice algún chulo tarareando a Gardel, apoyado en el borde de una barra, mientras detesta su propio objeto de deseo y en el acto mismo de besar se siente devorado por la mítica mujer araña. Sin duda, “Pintadas de rojo” me remite a Manuel Puig, aunque nos brinda una perspectiva netamente femenina para una dilema universal: el destino trágico.
Publicado originalmente en la sección “DESDE LA PLATEA”, del suplemento dominical “Ventana” del periódico Listín Diario, Santo Domingo, República Dominicana, el 3 de julio de 2001, passim.

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Published in: on 5 enero 2009 at 11:23 am  Dejar un comentario  
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