Bachata, tango, tiempo, nada

Ya no sé casi nada. Tampoco sé, si queda algo o si veinte años no es nada como decía Gardel o como sigue diciendo desde atrás del mueble con su eterna cara de foto. Veinte años es mucho, sobre todo si hace veinte años que una dejó la patria y hace exactamente los mismos veinte años que el padre de esa misma una se pegó un tiro con orificio de entrada en el paladar y sin orificio de salida. Veinte años van pasando, uno sobre otro, uno atrás de otro, lejos tan lejos que una cree que no pasan, que la ausencia de estaciones detiene el paso del tiempo. Porque veinte años en Comallo son veinte nevadas, veinte soles desérticos, veinte primaveras radiantes y veinte otoños de puro viento. Pero no, entre todas las cosas que no sé, están también escondidas aquellas que no dejan de dolerme, que se acumulen en veinte abriles, que como dice otro tanto, no volverán. En veinte mayos que no terminan de diluirse en la esencia salada de las lágrimas, en veinte aniversarios que se empeñan en aparecerse cuando una menos se los imagina, en veinte años de ausencia de padre y de patria. Pero lo más doloroso del asunto, lo que más jode, es que después de veinte años, como dice la bachata de ti no queda nada, nada de nada. Y cuando se dice nada, se siente nada, ya no queda ni el recuerdo. Solo resta imaginar y eso duele, eso duele mucho más. Veinte años no es nada y ni tan siquiera se puede seguir viviendo aferrada a un recuerdo, porque después de veinte años hasta los recuerdos se vuelven nada y eso, eso duele mucho más que la verdad.

Published in: on 16 septiembre 2011 at 7:02 am  Comments (4)  
Tags: , , , , , , , , ,

Casi a tiempo

isabel garcia claustrofobia

Cuando creyó estar a salvo, justo un piso antes de llegar a su destino: el  maravilloso número 24 que se marcaba en el tablero del elevador, distinguiéndose con un rojizo lumínico del resto de los números; fue que sintió todo el sin sentido debajo de sus pies y un súbito ataque de pánico la dejo paralizada dentro de lo que sería su ataúd mientras estuviese viva.

En mucho menos tiempo, que el que se tomó para confiar en la razón o al menos confiar en la ilusión de la razón, perdió el relleno de su alma y la certera seguridad de su pensamiento. Se volvió una mierda sin conflicto existencial, ni trauma, ni esperanza ideológica. Fue una mujer hueca, pero aterrada.

Justo antes de llegar al refugio, al último piso de la torre, quedó atrapada, sin otra posibilidad que esperar responsablemente el deseo ajeno de moverla, de hacerle el inmenso favor de rescatarla.

No, no era la bella durmiente, era la bella perversa atrapada en el ascensor de su euforia, de su seguridad, de su confianza en la verdad o al menos en la ilusión de la verdad. Era ella misma vaciada de sí y sin ojos y sin oídos y sin otro remedio que dejarse vencer por el letargo insoportable de seguir existiendo justo en la puerta del refugio.