El beneficio secundario del deseo

barca

El beneficio secundario del deseo es, sin duda, la culpa. No hay nada más precioso y diáfano que desear, solo y solo sí a continuación se desata una enorme y feroz culpa. Una culpa que carcome el sentido común y la propia voluntad. Una culpa que pervierte al deseo hasta convertirlo en un augurio funesto, una vergüenza capital, en una mancha genética que no se quita ni con cirugía, ni con psicoanálisis. Un enorme pozo negro y oscuro resguardado por un esfínter  bien entrenado, que sólo permite la salida de los desechos del deseo, transformados en materia de culpa. Un control tan estricto como una ley, la ley que controla el deseo y la culpa.

El beneficio secundario de la culpa es, sin duda, desproporcionar el tamaño del deseo hasta convertirlo en un fantasma con vida propia, un fantasma que, como cualquier monstruo gótico, termina matando a su creador o convirtiéndolo en santo demonio o perverso ángel, da igual. En ambos casos la ley de la culpa y el deseo conmutan sus beneficios secundarios y sus penas.

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Published in: on 7 julio 2009 at 9:29 am  Dejar un comentario  
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Todo tipo de pieles

pieles2Quizá

la humedad del ambiente

no sea otra cosa

que un puro efecto de homeostasis

y

que los humores vítreos y acuosos

de nuestros cuerpos sean

los que le suministran

a la atmósfera

la carga pesada y densa

que nos agobia.

Quizá

nos estemos secando

y la misma humedad

que nos aplasta

sale de nuestro cuerpo.

Primero se secan los ojos

luego no hay lágrimas

después no se suda

las piernas se hinchan

antes de que exploten las venas

y se riegue de sangre

la acera de cualquier bonito ensanche.

Pero antes del fin, viene lo peor:

el roce de los cuerpos no provoca fluidos

la imaginación excesiva de bacanales

no arroja resultados

a pesar de la manipulación certera

de los que se ensueñan

las deliciosas entrepiernas femeninas

se lastiman con  las yemas de unos dedos a punto de explotar

el deseo se detiene

se seca

el ambiente se roba la humedad de los cuerpos

y explotan en una ciudad en la que llueve y llueve.

Las aguas arrastran

huesos

pedazos de ojos

anillos de bodas

potes de lubricantes sin abrir.

Arrastran y limpian.

Llueve

y ya no queda nadie

para escuchar

las gotas caer

sobre el techo de zinc caliente.

Published in: on 20 mayo 2009 at 4:57 am  Dejar un comentario  
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