Puentes sobre tierras turbulentas

puente-de-locosContinúa la Temporada de Teatro 2002-2003 en la sala Ravelo del Teatro Nacional, con Puentes, una propuesta audaz del Teatro Simarrón. Desde el 10 al 26 de enero los personajes de los cuentos de Rita Indiana Hernández se materializan en los cuerpos de María Castillo, Elvira Taveras, Henry Mercedes, Isabel Spencer y Vicente Santos. Jorge Pineda y Henry Mercedes dirigen este huracán inminente, esta sórdida visión, este humor inteligente que ilumina Ernesto López y musicaliza Eduardo Suárez.

Rita Indiana Hernández, una precoz pichona de poeta en estado perenne de sabiduría oracular. La sibila del asfalto ve y enuncia, ya como narración, ya como imagen inexacta de esta metáfora, también inexacta, que es el circular de personas atrapadas en los tapones mentales o reales que les impiden dejar la isla, el alto Manhattan o la zona oriental. Cuenta en su haber Rumiantes (relatos), La estrategia de Chochueca (novela) y Ciencia Succión (más relatos). Además sus textos han formado parte del cortometrajes, videos y El último asalto en Ciudad Trujillo, pieza teatral dirigida por Carlota Carretero.

El Teatro Simarrón comete la falta de ortografía con toda intención, con toda fidelidad a la libertad de expresión. Whis-ky Sour y Salomé U., cartas a una ausencia son sus dos producciones anteriores. Ambas de Chiqui Vicioso, recorren el mundo, reciben premios, entre los que se cuenta el Casandra a la mejor actriz: Carlota Carretero. Sus fundadores e integrantes, Jorge Pineda, artista plástico y director de teatro y Henry Mercedes, actor, director y productor. Ambos construyen los montajes a partir de las propuestas de los actores, de las imágenes, de los colores, de las palabras, de la música. Saben lo que quieren y Puentes es una muestra de honestidad y riesgo, de respeto y ruptura, de estilo sin repetición.

Las actuaciones podrían adjetivarse de la siguiente manera: María Castillo, la madre, exacta y profunda. Elvira Taveras, la enana galerista, brillante e inmensamente cómica. Henry Mercedes, Magogago, espontáneo y seguro. Isabel Spencer, Mimomanca, una dúctil narradora escénica. Vicente Santos, el Poeta de los Alalgalto, flexible y orgánico.

En honor a la absoluta relatividad de la verdad, a nadie ya le importa la anécdota, la historia, el chisme. Lo que seduce es el devenir mismo de lo que está sucediendo. Eso, entre otras cosas, son los puentes, son el devenir, nos llevan de un fragmento a otro, nos conectan con los trozos, que en el espacio virtual de nuestras experiencias, únicas, personales y sociales, conforman algo así como la realidad. Dicho de otro modo, los puentes nos llevan de un lado a otro y lo excitante es cruzarlos, no llegar.

En este montaje se percibe el suceder, el ir, si se llega o no, ni tan siquiera se discute. Debajo del puente los personajes se entrecruzan, se conectan, se tocan, narran, viven, mueren y resucitan. El huracán siempre es inminente, sin embargo, todos, excepto la madre que los cuenta y los amarra, no se sumergen en la tragedia del presente, ni en la melancolía del pasado, siguen circulando por las playas, por las fiestas, por las habitaciones de los italianos, por la superficie de esta texturada geografía de la isla, que es tan bonita.

La profundidad de estos personajes marginales, casi perros, no está en el fondo, sino en la máscara, en los colores, en la imagen sonora de las palabras, en los sonidos, en la oscuridad, en la mutación permanente, en la desnudez que simula ser aún más patética que la imaginada (momento memorable a cargo de María Castillo), en la instantaneidad de la carcajada, en el vértigo de existir. Si algunas piezas de teatro pudieran ilustrar el trabajo de estos filósofos postmodernos franceses (Derrida, Baudrillard), Puentes podría aspirar a la portada; pues el juego entre esencia, superficie y disfraz es perfecto. La capacidad de recoger los fragmentos sin intenciones de reconstruir el todo, asombra. Estamos frente a una radiografía posible para acercarnos a la perspectiva, no sólo de una posible generación, sino de una manera de vivir, ver y nombrar.

Cómo ha sucedido, tal cosa, cómo una pieza de teatro con personajes tan locales (pero no folclóricos) podría ser el correlato de alguna teoría filosófica. Fácil, la filosofía da cuenta de lo que sucede y lo anticipa. El arte con otra forma más sugerente también. Si desglosamos el proceso de montaje nos daremos cuenta porque el espectáculo es un rompecabezas comprensible pero no ordenado con la lógica de la linealidad. Primero están los cuentos de Rita Indiana, quien no sólo incorpora las experiencias y el lenguaje coloquial de un determinado grupo, sino que hace de esta manera de decir, una poética. Comprende que en la manera que digo las cosas, concibo la vida. No es el tema del craquero, es como dice el craquero, pero no en la línea de diálogo, cuando le toca intervenir al craquero, sino que todo el relato se preña de esta manera de decir, el narrador, que cuenta y describe, se formatea con la visión del personaje.

De estos particulares relatos surgen los personajes, que junto a sus textos, conformarán la dramaturgia construida por Pineda, Mercedes y Hernández. Encuentran un sitio donde encontrarse (debajo del puente) y una madre que los busca permanentemente. Un personaje que es testimonio de doce años de ausencias, huracanes y cambios. Por sus bocas salen versos como verdades descriptivas de la ciudad capital e historias distorsionadas por la bruma del medio día y el aburrimiento. Los actores, también, construyen la dramaturgia, aportan sus cuerpos, sus historias, sus almas para que estos personajes se monten pero vean la luz con la marca de los caballos de misterio (en este caso perros realengos, viralatas y de categoría).

El espectáculo tiene una concepción plástica impecable y mínima. Nada sobra, nada falta. Los pilares del puente son botes de basura (uno sobre otro) en plateado. No están colocados de manera simétrica. El vestuario acierta y gana: Rojo para el poeta de los Alalgalto un craquero prostituto que estalla en afán de vida, verde para el Magogago un titiritero en el fondo esperanzado, mamey para la Enana galerita, una perrita fina que prefiere revolcarse con los peores, negro para esta Mimomanca, una ausencia de luz que de pronto contrasta y el gris una mezcla sucia de todos los colores para la madre. Sogas para atarse y desatarse entre sí y a un pilar. Desde el maquillaje hasta la música cuentan, forman parte de la sinfonía, son los instrumentos, no el decorado.

Puentes: un trabajo de calidad probada, lo que lo vuelve apto para todo público. Historias que se entrecruzan en la poesía, actuaciones impecables, un testimonio absolutamente subjetivo, asunto que garantiza honestidad (¿quien busca objetividad en el arte?) y sobre todo una seriedad absoluta que no se traduce en solemnidad. Un divertido paseo por la superficie de esta tierra turbulenta de la mano de cinco cuerpos entrenados, cinco voces preparadas y siete almas en paz.

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Published in: on 21 diciembre 2008 at 3:44 pm  Dejar un comentario  
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