Interviú: Flor de Bethania Abréu

Esta mujer lleva cincuenta años entre maquillajes, escenarios, luces, vestuarios y sombras. Cincuenta años que comenzaron con El zoológico de cristal, en una época difícil para ser actriz. Cincuenta años durante los cuales se la vio en Chicago, Nueva York, Los Ángeles, Madrid y en todo el mundo. Cincuenta años siendo ella misma y otras. Cincuenta años que recuerda, entre risas y lágrimas como aquellas que le arrancó el reconocimiento de su padre. Lágrimas que huelen a canela y nostalgia. Flor de Bethania Abreu: una actriz con mayúsculas, hija de otra grande: Zulema Atala Javier.

Cuéntenos de este maravilloso aniversario: sus bodas de oro con el teatro.

Tienen un gran valor sentimental, porque, de alguna manera, lo que hago es recordar mucho a mi madre. Ella fue fundadora del Teatro de Bellas Artes. Nosotros llegamos del Cibao en el año cuarenta y seis. Mi padre era educador, fue Superintendente de Educación. Bueno, en realidad era médico, pero nunca ejerció. Comenzó en San Francisco de Macorís, yo salí a los cinco años de ahí con ellos. Fuimos a Mao, de Mao a Santiago, de Santiago a Bonao, y de allí a la Capital. O sea, nosotros llegamos aquí en el cuarenta y seis, mi padre, mi madre, mis dos hermanos y yo. Mi padre seguía en educación (él estuvo allí cuarenta años), y coincidió que en el año cuarenta y seis se fundó el Teatro Escuela de Artes Nacional. Nosotros vivíamos en la Arzobispo Portes y Macorís, muy cerquita del convento, y sucede que el Teatro Escuela tenía su sede en el Edificio Diez, ahí en el Conde, o sea que mi madre iba, todos los días a las tres de la tarde a sus ensayos. En realidad, ella siempre fue actriz. Claro, entonces no se ejercía la profesión, pero era directora, directora de grupos de niñas en la Escuela Costa Rica de San Francisco de Macorís y, en las veladas que organizaban, siempre me ponía a actuar. La primera vez fue a los tres años, vestida de marinero, y desde entonces, ya no paré. Cuando empezó ese teatro con don Emilio Aparicios, su fundador, yo no estuve con don Emilio, pues tenía siete años, aunque luego llegó don Modesto Aris Azar, director español, y entonces sí, en el propio Teatro Escuela, me incorporaron ya de manera no oficial: fui miembro del Teatro de Bellas Artes a los quince años, pero sí iba a los ensayos con mi madre. Dicen que hay el ratón de iglesia, yo era el ratón de teatro, siempre iba de la mano de mi mamá a todas partes. Recitaba en la escuela, estaba en el ballet con Magda Corbett, estudiaba mecanografía y taquigrafía. Quería ser de todo. Mi gran frustración fue no haber sido cantante. No canto mal, creo que canto bien: estuve con el coro nacional, cuando todavía no era Coro Nacional, con Arístides Incháustegui, con Ivonne Haza, con todo ese grupo, estudiando en el conservatorio piano, arpa, estudié un poquito de todo y no soy más que profesional del teatro. Pero, de alguna manera, todas esas cosas me han ayudado a formarme como actriz. Han complementado un poco mi trabajo. Entonces, en ese pasado, y vuelvo a lo de los cincuenta años, empezaron aquí estos muchachos, que ahora no son tan muchachos, Franklyn Domínguez, Luis José Germán… eran estudiantes universitarios y ellos crearon un grupo que se llamó Teatro Experimental de Comedias. Para ese entonces, tenía como doce años y presentamos La dama del alba, de Alejandro Casona en el Instituto de Señoritas Salomé Ureña. Estaba allí estudiando el bachillerato y hacía un personaje pequeñito. Para el estreno, la actriz principal no se pudo presentar y me dieron a mí el papel esa misma noche. De alguna manera, yo entré por la puerta grande y eso ha sido bueno y malo. Porque dicen que, cuando tu empiezas por arriba, ¿a dónde vas que no sea hacia abajo?

Claro, siempre se espera más de usted…

Siempre, siempre han esperado mucho de mí. Siempre tuve mucha gente que me apoyó, porque entonces también, formé parte del Círculo Cultural, que fue un grupo de muchachos y muchachas y me integré a esos grupos como amateur, pero entre comillas, como profesional. Ya en el 1953, gané el premio a la mejor actriz del año, cuando hicimos El zoológico de cristal con mi madre y con Luis José Germán. La estrenamos con mucho éxito, la Primera Dama de entonces asistió al estreno, yo la vi en el palco, nos mandó un ramo de flores magnífico.

¿Dónde se presentó la obra?

En el Instituto de Señoritas Salomé Ureña, que tiene un auditorio magnífico que a mí me encantaría que se recuperara. Estuve allí como hace un año y medio y hay un espacio vacío, pero que está allí. Sería un espacio magnífico, sobre todo para funciones escolares. Así que ahí empezamos, con Máximo Avilés Blonda, Franklyn Domínguez y Luis José Germán, los llamo a ellos mis padres teatrales, porque realmente a sí fueron. Continué la carrera de teatro ya con todos ellos. Ahora, celebrando mis cincuenta años, retomo la idea del Zoológico de cristal y la vuelvo a montar, esta vez haciendo el papel que hizo mi madre. Es magnífico poder haber hecho el papel de la hija y ahora el de la madre. Te decía que todo esto me recuerda mucho a mi madre, porque ella me apoyó muchísimo siempre. Ella tal vez, vivió la etapa más difícil del teatro aquí, para una señora ser actriz era muy difícil, tuvimos muchos problemas con la familia…

Justamente, esa era mi próxima pregunta. Por la descripción que hace de su padre, trato de figurarme cómo hacía una niña de quince años, ensayando, actuando, con todos los prejuicios sociales de la época…

Ser artista…, la palabra artista era de mal gusto. Entonces mis padres, se habían divorciado (se lo achacaron siempre al teatro, no creo eran cosas personales) pero mi madre seguía siendo actriz y el hecho de que yo quisiera trabajar en teatro, mi padre al principio no lo digería. Es más, me quitaron del ballet de Marta Corbett, porque unos amigos de mi hermano dijeron que me habían visto las piernas, y ¿cómo iba a bailar ballet sin la ropa adecuada? Y mi madre me dijo: “¿Por qué no dejas el ballet? Tú no puedes estar en tantas cosas y, antes de que venga tu hermano con una pistola y nos mate a todos, mejor vamos a dejar el ballet, quédate con el teatro.” Recuerdo que, cuando a mí me nombraron en el teatro de Bellas Artes —nosotros inauguramos ese teatro—, tenía quince años, y el director de entonces era de San Francisco de Macorís y su familia era muy amiga de mi madre, de manera que nos sentíamos muy protegidas. Iba a los ensayos de la mano de mi madre y, cuando terminaba, los muchachos decían: “Vamos a tomar unas cervezas”, y mi madre respondía: “Betty es muy pequeña, nosotros nos vamos”. Nunca, nunca me dejaron quedarme, ellos eran mucho mayores que yo. Así transcurría mi vida. Con el grupo Círculo Cultural, yo hice Picnic, montábamos más bien teatro norteamericano. Conocimos a la hija del agregado cultural de Estados Unidos, Francis Thounsend, Georgia, quien era egresada de la Universidad de Washington y era directora. Se ofreció a dirigirnos en Picnic. Aquello fue el mayor éxito teatral de la República Dominicana. A mí me llamaban la chica del beso, porque me daban un beso en escena, imagínate lo que fue eso. El protagonista era mi propio primo, Franklyn Guzmán, que ahora es médico y no siguió la carrera de teatro, era un muchacho muy fuerte, muy buen mozo. La presentamos en el Hotel Jaragua, en el Roof Garden, y a raíz de eso don Francis Thounsend, me propuso como candidata a la beca para Latinoamérica para estudiar drama. Fui elegida: primero estuve en Lincoln, un pueblecito muy pequeño en Illinois y de ahí fui al Goodman Theater en Chicago, de donde estoy graduada de teatro. Tengo un bachellor.

¿Qué edad tenía en ese momento? ¿Tuvo algún problema familiar para viajar?

Tenía diecinueve años, y no, no tuve ningún problema. Y debo decir en honor a mi padre que, cuando él vio que me dieron el premio a la mejor actriz del año…, o sea, él siempre me admiró mucho, era un intelectual, un tipo inteligentísimo… Todo el problema era de tipo social… No podía ser actriz… Ser actriz era sinónimo de prostituta… Él creía que me iba a meter en algo terrible… Además, mis padres estaban divorciados. Yo creo que fue por celos… Mi madre era una mujer hermosísima, tenía muchos admiradores, una enorme personalidad, y todo eso no le gustaba. Entonces, cuando recibí ese premio, mi padre me mandó un ramo de claveles impresionante, que olían a canela. Nunca olvidaré ese olor a canela… Mira, Mónica, fue una época preciosa, pero realmente sufrimos mucho. Mi madre sufrió mucho, por ella y por mí… Ella quería protegerme, y realmente lo hizo. Pero sobre todo, ella veía que yo tenía ganas de ser actriz. Y cuando mi padre me mandó esas flores, me puso una tarjeta que decía: “A mi hija, la actriz”. Desde entonces, siempre me presentaba a sus amigos y decía: “Esta es Flor de Bethania, mi hija la actriz.” Muy orgulloso de mí y de mi trabajo. Y le demostré a través del tiempo que me había tomado esto muy en serio y que realmente era lo que quería hacer. Cuando era joven no lo sabía bien, se hablaba de Hollywood, de las películas, y uno no sabía lo que era la parte dura de la profesión. Yo estudié en inglés y tuve un profesor magnífico, del cual algún día quiero montar una obra que se llama Las mujeres de Shakespeare. Cuando llegué a Lincoln, me di cuenta que aquello no era una escuela de teatro, que había habido un error y lloraba todos los días. Venía del trópico y me creía famosa. Tampoco dominaba el idioma bien. Cuando me vi en este problema sentí que estaba perdiendo mi tiempo y él fue muy inteligente, me dijo: “Yo soy su tutor, la voy a ayudar, quédese aquí este año, aprenda bien inglés y la voy a recomendar a una muy buena escuela de teatro, donde yo he sido profesor”. Me quedé ese año allí, hice vida de teenager. Era la época de Elvis Presley, bailé mucho rock and roll, gocé muchísimo, fui una niña, fui realmente una adolescente, cosa que aquí no había sido, pues me había integrado al teatro de pequeña. En cuanto aprendí inglés, no tuve dificultades, pues era bachiller en filosofía y letras y estaba a un nivel más alto que el resto del grupo. Al año siguiente, él me consiguió esa beca en el Goodman Theater, en Chicago y me incorporé al segundo año, o sea que en dos años terminé. Si bien el Goodman Theater es una escuela, también es un teatro profesional en el que se hace teatro y el alumnado se va incorporando a las funciones. Tú empiezas planchando ropa, pegando botones y terminas haciendo papeles.

¿Qué hizo allá? ¿Con qué método trabajaban?

Hice Yerma, hice teatro infantil, que me gustaba muchísimo… La metodología era Stanislavski, el director de la escuela John Rike fue alumno de Max Benjamín, había profesores rusos discípulos de Stanivslaski. Mira, de esa escuela hay importantes graduados, como José Quinteros, Geraldine Page y, más recientemente, Melinda Dilon, que fue candidata al Óscar y además compañera mía. Tuve muy buena suerte. Fue muy duro, leí mucho, pasé frío, pero fue una etapa magnífica. De Chicago me fui a Nueva York. En realidad, quería quedarme en Estados Unidos, pero tenía una visa exchange y debía volver a la República Dominicana. Aquí había muchos problemas políticos… Mi hermano era militar. Estudiaba en España, pidió asilo y nosotros no podíamos volver. Mira, nunca he querido hacer de esto una cosa pública. Sufrimos mucho, mi papá estuvo en la cárcel. Logramos sacar a mi mamá y yo me quedé en Nueva York. Hice teatro off Broadway, hice Lorca en inglés, una experiencia inolvidable. Un crítico dijo que yo trataba las palabras como si fueran de cristal, y realmente hablaba muy bien el inglés. Luego me fui a Hollywood, donde estuve dos años, hice teatro en español, hice teatro en las universidades, hice televisión, no hice cine. Pero migraciones estaba detrás de mí y ya tenía que volver a Santo Domingo.

¿En qué año regresó?

En el año 1974, hicimos una obra muy bella con Luis José Germán: Dos en la balanza, en Bellas Artes, y de repente íbamos a Puerto Rico, al Teatro Tapia. De pronto me llaman de Relaciones Exteriores para decirme que tenía visa para ir a España. En dos semanas tuve que decir en Puerto Rico que no íbamos a presentar la obra y llegué a España en enero de 1975. Hago todo el papeleo para entrar a estudiar cine y, antes de comenzar, entro en un curso del Instituto de Cultura Hispánica y me gradúo de profesora de Lengua y Literatura de segunda enseñanza. Tuve unos profesores magníficos, entre ellos a Torrente Ballester. Luego comencé a hacer cine con directores como Fernando Rey, Ángela Molina… Hice una película el año pasado, Soñando con Julia, que espero que se estrene en el festival de este año. Bueno, ya me incorporo profesionalmente al teatro, al cine, estuve en el Teatro María Guerrero, cuatro años como actriz titular. Con este grupo fuimos a los festivales europeos, ganamos un premio en Dublín con la obra Misericordia, de Benito Pérez Galdós, y fíjate que competíamos con Las Troyanas, del griego Cacoyanis. Con esta clase de teatro se hacen temporadas, el trabajo es fuerte, se ensaya desde las tres hasta las seis, tienes una hora de descanso y a las siete ya te vas a vestir porque empieza la función. Se hacían dos funciones: siete y once. Salíamos a la una de la madrugada del teatro, yo ya me había casado, tenía un bebé. Aprendí muchísimo en Barcelona cuando hice Marat-Sade con Adolfo Marcillat.

¿Por qué regresa?

Yo regreso por nostalgia… creo que por nostalgia. Tengo dos hijos que ya son adultos, han hecho sus vidas. En el año 1994, estuve muy enferma y me di cuenta de que debía pensar qué quería hacer hasta el final de mis días, y eso era teatro. Hablé con mis hijos y les dije: “Me voy a Santo Domingo, pues me deben quedar unos quince años útiles para hacer mi labor, y ¿dónde la puedo hacer mejor que en mi propio país?” Volví en el 1998, hice Actrices, retomé mis amistades, mi familia, cerré mi casa. Ahora viajo dos veces al año. Mira, cuando vi Actrices, en Madrid, pensé: “Esta obra es para Monina Solá, Margarita Baquero y yo”, pues, de alguna manera, las tres habíamos pasado esas etapas que están en la obra. Sobre todo Monina, que ha sido un gran figura en la televisión y sigue siendo una figura fundamental en el teatro dominicano. Fíjate que, incluso, luego que Gema Cuervo y María Esquerino montaron la pieza aquí para el Segundo Festival de Teatro, el propio Arturo Rodríguez llegó a decirme que nuestras actuaciones, no sólo estuvieron a la par, sino que en ocasiones mejores que ellas…

¿Cuál es su próximo montaje?

Ahora estoy con mis cincuenta años. El 4 de abril reestreno La Chascona, a la que ya presenté en Casa de Teatro en el 99. Fue un estreno mundial y nos fue muy bien. Es una pieza muy participativa, y sobre todo con una Matilde Urrutia que vive a la sombra de una personalidad tan enorme como la de Pablo Neruda. Es una mujer muy poco conocida. Y a las mujeres a veces nos pasa eso. Bueno, Neruda siempre será Neruda y era Neruda antes de conocer a Matilde, pero esos veintitrés años que estuvo con él hizo una labor espléndida como mujer y como secretaria. Era la que le transcribía sus trabajos e incluso recuperó mucho de su obra y la publicó. Ella perdía hijos, dejó su carrera como cantante de óperas y se encadenó, ella lo dejó todo por ese amor tan terrible. Esa es la mujer que quiero transmitirle al público: Matilde.

Publicada en la sección “Interviú” de la revista Teatro, Santo Domingo, en ‎marzo‎ de ‎2002.

Published in: on 22 diciembre 2008 at 3:03 am  Dejar un comentario  
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