Las cenizas de la madre muerta

No quisimos viajar en taxi con los otros. Llegamos en el colectivo 60 hasta el peaje y caminamos por el costado de la ruta. Ya habíamos estado allí, el día que dejamos el cuerpo muerto de mami en un depósito a la espera de la cremación.

Mami estaba muerta, dentro de un ataúd feo, ordinario.
Mami ya no era mami, era cenizas que nunca pudimos esparcir en las montañas de Salta, como fuera su deseo.
Mami, ya no existe. Hay una copa de metal enterrada junto a mis abuelos en una tumba que nos prestó mi tío.

Yo me puse a cantar la canción de la cigarra, mi hermana vomitó y los otros volvieron en taxi. Nosotras en el colectivo 60 hasta la estación de tren. En el andén, nos pusimos lentes de sol y lloramos a escondidas la ausencia de mami y la rapidez implacable de la muerte.

Published in: on 12 julio 2012 at 5:42 am  Dejar un comentario  

La tumba del hermano asesinado

Cuando llegué hacía frío, mucho frío. Me acompañó una tía, que dejó el auto estacionado a dos cuadras.

En el colectivo 132 pasé durante años por la entrada del Cementerio de Flores, de hecho uno de sus ramales tenía un letrero que decía: Cementerio de Flores. Era un espacio lejano, como oculto. Se sabía que había por ahí atrás tumbas, ángeles de piedra que sonaban trompetas con sordina pero era eso, una nebulosa, una geografía de la muerte de otras personas, de familias que vivieron por el barrio pero que ya se habían mudado.

Esa mañana tenía un abrigo azul, en las manos un papel que indicaba la manzana y la tumba. Llegamos sin muchas dificultades. Allí estaba la tumba de mi hermano asesinado, sin lápida, sin placa, solo una cruz de madera. Una cruz de madera con cuello, del que colgaba una tarjeta plastificada. Una tarjeta plastificada, que no era una tarjeta como esas que se envían los novios para los aniversarios. No, era una carta escrita de puño y letra por la única mujer que amo a mi hermano asesinado. Ya no recuerdo que decía.

Cuando me fui seguía haciendo frío, el colectivo 132 no se detuvo en la parada del cementerio, la tía buscaba las llaves del auto en la cartera y las nueve heridas en la espalda de mi hermano que alojaron las nueve balas que lo mataron, seguían matándolo en otra tierra.  A él, que fue gente de la tierra, como todo mapuche.

Published in: on 10 julio 2012 at 12:16 pm  Dejar un comentario