Casi a tiempo

isabel garcia claustrofobia

Cuando creyó estar a salvo, justo un piso antes de llegar a su destino: el  maravilloso número 24 que se marcaba en el tablero del elevador, distinguiéndose con un rojizo lumínico del resto de los números; fue que sintió todo el sin sentido debajo de sus pies y un súbito ataque de pánico la dejo paralizada dentro de lo que sería su ataúd mientras estuviese viva.

En mucho menos tiempo, que el que se tomó para confiar en la razón o al menos confiar en la ilusión de la razón, perdió el relleno de su alma y la certera seguridad de su pensamiento. Se volvió una mierda sin conflicto existencial, ni trauma, ni esperanza ideológica. Fue una mujer hueca, pero aterrada.

Justo antes de llegar al refugio, al último piso de la torre, quedó atrapada, sin otra posibilidad que esperar responsablemente el deseo ajeno de moverla, de hacerle el inmenso favor de rescatarla.

No, no era la bella durmiente, era la bella perversa atrapada en el ascensor de su euforia, de su seguridad, de su confianza en la verdad o al menos en la ilusión de la verdad. Era ella misma vaciada de sí y sin ojos y sin oídos y sin otro remedio que dejarse vencer por el letargo insoportable de seguir existiendo justo en la puerta del refugio.

Todo tipo de pieles

pieles2Quizá

la humedad del ambiente

no sea otra cosa

que un puro efecto de homeostasis

y

que los humores vítreos y acuosos

de nuestros cuerpos sean

los que le suministran

a la atmósfera

la carga pesada y densa

que nos agobia.

Quizá

nos estemos secando

y la misma humedad

que nos aplasta

sale de nuestro cuerpo.

Primero se secan los ojos

luego no hay lágrimas

después no se suda

las piernas se hinchan

antes de que exploten las venas

y se riegue de sangre

la acera de cualquier bonito ensanche.

Pero antes del fin, viene lo peor:

el roce de los cuerpos no provoca fluidos

la imaginación excesiva de bacanales

no arroja resultados

a pesar de la manipulación certera

de los que se ensueñan

las deliciosas entrepiernas femeninas

se lastiman con  las yemas de unos dedos a punto de explotar

el deseo se detiene

se seca

el ambiente se roba la humedad de los cuerpos

y explotan en una ciudad en la que llueve y llueve.

Las aguas arrastran

huesos

pedazos de ojos

anillos de bodas

potes de lubricantes sin abrir.

Arrastran y limpian.

Llueve

y ya no queda nadie

para escuchar

las gotas caer

sobre el techo de zinc caliente.

Published in: on 20 mayo 2009 at 4:57 am  Dejar un comentario  
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